
El llamado “enigma de Einstein”, ese que supuestamente solo el 2% de la población puede resolver, está, a su vez, rodeado de enigmas
No tenía un cerebro de mayor tamaño que el resto de los mortales, pero sí una arquitectura diferente en algunas zonas cerebrales.
Curiosidades 17 de marzo de 2023El cerebro es un órgano fascinante, una de las estructuras más complejas y enigmáticas que hay en el universo. Se calcula que tan solo en él hay más neuronas que estrellas contiene nuestra galaxia.
Durante mucho tiempo se intentó categorizar el cerebro para explicar por qué hay personas más inteligentes que otras. Inicialmente se pensó que el grado de inteligencia de dependía del tamaño de la sustancia gris, más adelante se puso el acento en las diferencias que podrían existir entre diversas regiones del mismo e, incluso, se defendió que la clave podría esconderse en el número de neuronas del cerebro. Ninguna de estas hipótesis satisface en estos momentos a la comunidad científica.
Actualmente se ha puesto el foco en la integración de las redes cerebrales, es decir, una persona es más inteligente que otra sencillamente porque tiene una conexión neuronal diferente. Una persona dotada de una mayor inteligencia será capaz de distinguir de una forma más meridiana la información importante de aquella que no es pertinente, lo cual supone una importante ventaja cognitiva.
El 18 de abril de 1955 Albert Einstein falleció a consecuencia de un aneurisma aórtico, siguiendo sus deseos fue incinerado y sus cenizas arrojadas al río Delaware. Y es que el científico alemán no quería “que la gente no fuese a adorar sus huesos”. Lo que no podían imaginar sus amigos y familiares en aquellos momentos era que las cenizas estaban incompletas, ya que su cerebro no había sido cremado.
Años atrás, aquel amasijo neuronal, cuando todavía estaba vivo e interconectado, había sido capaz de demostrar, entre otras cosas, que la luz está compuesta por fotones y que el espacio y el tiempo puede ser doblados y estirados.
Durante la autopsia uno de los médicos –el doctor Thomas Harvey- tomó “prestado” -en aras de la ciencia- el cerebro del genio alemán. Harvey, imbuido por un aura fetichista, quería conocer de primera mano qué tenía de especial uno de los cerebros más extraordinarios de toda la historia de la humanidad.
Tras la sustracción el galeno estadounidense diseccionó el cerebro en doscientas cuarenta rebanadas, que preparó en cuidadosos cortes histológicos, y se las llevó a Filadelfia. Cuando el robo trascendió, no tardó en crearse un halo de fascinación y misterio en torno al mismo, todo el mundo esperaba que el estudio del cerebro revelase algo insólito, de entrada, que era más grande que la media.
No fue hasta 1985 cuando Harvey publicó por vez primera su estudio sobre el cerebro de Einstein. Llegó a la conclusión de que era bastante anodino y que la única excepcionalidad radicaba en que tenía una proporción anormal de dos tipos de células: neuronas y glía –células de sostén-. Un hallazgo que podría sugerir que el cerebro de Einstein demandaba más energía y, por ende, tenía una mayor capacidad de procesamiento.
Posteriormente se publicó un segundo estudio, en el que los autores afirmaban que el cerebro del genio tenía una corteza cerebral más delgada que la media, lo cual traducía una densidad mayor de neuronas por centímetro cúbico.
En la década de los noventa Harvey devolvió el cerebro de Einstein al Hospital de Princeton, junto con los dibujos y fotografías tomadas.
Durante más de dos décadas el tejido cerebral permaneció en el rincón de los justos, alejado de la mirada curiosa de los hombres de ciencia. Afortunadamente, hace unos años se permitió a un equipo de científicos, capitaneados por el antropólogo Dean Falk, analizar la corteza cerebral del genio alemán a partir de catorce fotografías.
Los investigadores compararon las imágenes con ochenta y cinco cerebros a los que consideraron como “normales” llegando a conclusiones verdaderamente asombrosas. El tamaño y la forma del cerebro no revestían ninguna singularidad, concluyendo que estaban en la media. Así, por ejemplo, el peso del cerebro de Einstein era de 1230 gramos, cuando la media se encuentra en los 1400 gramos.
Lo que sí era extraordinario era el córtex motor primario y las cortezas parietal, temporal y occipital, junto con la región prefrontal. De hecho, el lóbulo parietal derecho de Einstein, que es la zona que se encarga del razonamiento matemático espacial, estaba un 15% más desarrollada que la media de los humanos, lo cual podría explicar sus razonamientos científicos.
Ahora bien, ¿de estos hallazgos se puede concluir que la inteligencia de Einstein era superior porque su cerebro era diferente o, por el contrario, su cerebro era diferente porque el físico había lo había estimulado durante años de trabajo?
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