La difícil tarea de nombrar el autoritarismo en América Latina: el espejo de El Salvador

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“Todo período de crisis se inicia o coincide con una crítica del lenguaje. De pronto se pierde la fe en la eficacia del vocablo”, dice Octavio Paz en su libro “El arco y la lira”, uno de sus más celebrados ensayos. Si bien la frase se enmarca en un extenso tratado sobre la poesía, lo dicho por el mexicano bien se podría extrapolar a una materia tan inmediata y coloquial como la política. Y, sobre todo, a la naturaleza de los regímenes que gobiernan en cada país, lo que constituye todo un reto para una profesión como el periodismo. Este artículo, más que respuestas redondas, busca contribuir al debate.

Nombrar es entender. Por eso es tan arduo destinar palabras precisas cuando se está frente a realidades en transición. Ese es el caso de El Salvador actual, donde un presidente, Nayib Bukele, tremendamente popular y que llegó a su puesto a través de elecciones libres ahora controla, en la práctica, los tres poderes del Estado. También, donde ese mismo mandatario fue elegido para un segundo periodo a pesar de que la Constitución del país prohíbe expresamente la reelección inmediata.

Con toda naturalidad se puede afirmar que Kim Jong-un es el dictador de Corea del Norte. O se puede aplicar el mismo calificativo a mandatarios como el octogenario Teodoro Obiang Nguema, quien ocupa el puesto de presidente en Guinea Ecuatorial desde 1979, después de liderar un golpe de Estado. Pero, ¿qué pasa con líderes como Bukele?

“En la época moderna, persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos y, apoyada en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica”, dice la escueta definición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, que recita con libro en mano el salvadoreño Benjamín Cuéllar, miembro del Consejo Directivo del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL).

“¿Es eso Bukele?”, se pregunta este abogado, quien posee una amplia carrera como defensor de Derechos Humanos. ¿Lo es?

Bukele llegó a la presidencia de El Salvador en junio de 2019. Desde entonces y hasta el 1 de mayo de 2021, gobernó limitado por los otros poderes del Estado, con una Asamblea Legislativa integrada casi en su totalidad por los partidos ARENA y FMLN, sus opositores; y con una Corte Suprema de Justicia capitaneada por una Sala de lo Constitucional incómoda para el presidente.

Bukele desobedeció durante 2020 varias resoluciones de esos magistrados, que declararon inconstitucionales una decena de decretos ejecutivos y de medidas tomadas por el Gobierno durante la pandemia de COVID-19, por considerar que se excedió en sus funciones.

En plena confrontación pública por esa razón, Bukele acusó a los magistrados de querer, con sus resoluciones, asesinar “a decenas de miles de salvadoreños”, y en cadena nacional llegó a decir de ellos que si fuera un dictador “los hubiera fusilado a todos”. “Salvás mil vidas a cambio de cinco”, dijo el 11 de agosto de 2020.

Pero todo cambió el 1 de mayo de 2021, cuando asumió una Asamblea Legislativa con una abrumadora mayoría de diputados (56 de 84) de su partido, Nuevas Ideas. La primera decisión de este congreso (que terminó sus funciones el pasado 30 de abril) fue destituir a los incómodos magistrados de la Sala de lo Constitucional, cuyo periodo llegaba hasta 2027. Nombró como sustitutos a abogados que guardaban una estrecha relación con el mandatario. Ellos mismos avalaron la reelección inmediata de Bukele gracias a una, al menos, cuestionable resolución.

Bukele asumirá, por tanto, un segundo mandato el 1 de junio de 2024. Algo que el texto de la Constitución sigue prohibiendo expresamente.

“¿Es Bukele un dictador? Mi opinión es que sí y se terminará de revelar enteramente como tal cuando comience a reprimir la manifestación pública”, dice Cuéllar.

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Nombrar desde el periodismo

Pero, ¿un periodista puede hablar en los mismos términos?

Eso es lo que se está discutiendo en las salas de redacción de El Salvador en este mismo momento, un debate que se avivó aún más este 29 de abril. El motivo: la Asamblea Legislativa reformó la Constitución, a pesar de que esta misma se lo prohibía, para poder hacer reformas constitucionales con la proposición y ratificación de una misma legislatura solo con contar con tres cuartas partes del congreso. En las pasadas elecciones legislativas en El Salvador, Nuevas Ideas se quedó con 54 de 60 diputados.

Las posibilidades son infinitas: los diputados pueden eliminar, incluso, cualquier restricción a la reelección indefinida. Y con dispensa de trámites y sin discusión.

El venezolano Joseph Polizuk puede decirle a cualquier salvadoreño que “viene del futuro”. Vivió el declive de la democracia en su país, primero como un muchacho y luego como un periodista profesional. Ahora está exiliado.

Dice que puede nombrar la fecha exacta en que su país se convirtió en una dictadura: el 10 de enero de 2013, el día en que Hugo Chávez, enfermo en Cuba, debía tomar posesión para su tercer mandato. Sin embargo, debido a su estado de salud, le fue imposible. Entonces, el Tribunal Supremo de Justicia decidió que debía tomar el poder el vicepresidente del último periodo, es decir, Nicolás Maduro, cuando en Venezuela este puesto no se elige electoralmente, sino que es nombrado por el mandatario de turno. Maduro luego debió enfrentar luego una contienda electoral en la que derrotó al opositor Henrique Capriles, aunque lo hizo desde la Presidencia.

A pesar de todo esto, Polizuk es reticente a la hora de ponerle una viñeta a Maduro. Se limita a decir que no puede llamarlo “presidente”. Opta por el más neutral “primer mandatario”.

Es una decisión consciente. Hacerlo de otra manera, dice, lo haría asumir un “periodismo de trinchera”, es decir, uno que se identifica con una causa en específico. En este caso, el de la oposición política en su país.

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“A veces es fácil entender el momento que se está viviendo y a veces no”, dice Polizuk, quien comprende que un periodista se vea contagiado por el estado de ánimo que experimenta la sociedad en la que, al fin y al cabo, vive.

“Creo que uno de los grandes defectos del periodismo en Venezuela entonces fue caer en esa polarización de la época. La polarización es la peor receta que puede seguir un periodista… al decirle dictador, te puedes estar poniendo en una trinchera, ubicarte en la acera contraria. Debes pensar en si eso es útil para ti y para la manera en la que te relacionas con tu audiencia. Si tú decides llamar a Bukele dictador, lo respeto”, comenta el venezolano.

Por eso, para él, una buena solución ha sido dedicarse al periodismo de investigación, en el que se ciñe a “lo que está detrás de ese mandatario”. A hechos más allá de cualquier definición.

“No enfocaría mi energía en eso… pero no creo que sea baladí la discusión. Como periodistas, estamos llamados a moderar el debate público. Y, para ello, debemos saber cómo nombrar las cosas… el tema no es baladí”, dice Polizuk.

Para Ruth López, jefa de Anticorrupción y Justicia de la ONG de Derechos Humanos Cristosal, una buena solución para los periodistas es tomar armas de otras disciplinas, en este caso, de las Ciencias Políticas. Y ceñirse a sus rigurosas definiciones.

Recomienda consultar los índices del Estado de la Democracia que publican diferentes instituciones en el mundo, como en el caso de The Economist o Idea International, que dan un parámetro claro de si un país ha deteriorado sus indicadores democráticos.

“En el caso de Bukele, yo lo llamaría presidente inconstitucional a partir del 1 de junio, cuando asuma su segundo mandato, prohibido por la Constitución”, apunta López.

Si bien este artículo se ha centrado en el caso salvadoreño, los cuestionamientos se pueden extrapolar a cualquier otro país donde se estén registrando conductas autoritarias.

Eso es lo que señala Polizuk en el caso peruano, donde actualmente no se habla de un régimen autoritario, pero se están presentando hechos preocupantes que ponen en peligro a la Democracia y al Estado de Derecho: el poder judicial le está exigiendo a un periodista, Gustavo Gorriti, que revele sus fuentes. ¿Es esto o no una conducta autoritaria?


Imagen de Esaú Fuentes González en Unsplash.

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