La Doctrina Monroe vuelve al siglo XXI: Trump, Venezuela y la amenaza sobre los recursos de América Latina

Bajo el nombre informal de “Doctrina Donroe”, Estados Unidos reactiva una lógica de dominio hemisférico que reabre viejas heridas en la región. Volver a ser el “patio trasero”.

La Doctrina Monroe, formulada en 1823 bajo el lema “América para los americanos”, ha vuelto a ocupar un lugar central en la política exterior de Estados Unidos, esta vez bajo una reinterpretación abierta y descarnada impulsada por Donald Trump. Así lo describe un análisis reciente del The Wall Street Journal, que señala que la crisis venezolana marca el inicio de una nueva etapa: la llamada, incluso por medios estadounidenses, “Doctrina Donroe”, una versión actualizada de aquel principio histórico, aplicada sin eufemismos y con un foco explícito en los recursos naturales estratégicos. Según el artículo, la política de Trump rompe con décadas de diplomacia más contenida y vuelve a una lógica directa de hegemonía regional, donde Estados Unidos se arroga el derecho de intervenir, condicionar o presionar a los países de América Latina en función de sus propios intereses económicos y geopolíticos. Venezuela aparece como el caso testigo: un país con enormes reservas de petróleo, convertido en escenario de una política que combina seguridad, coerción y apropiación estratégica.

De la advertencia a Europa al control del hemisferio

La Doctrina Monroe nació, al menos en su formulación original, como una advertencia a las potencias europeas para que no intentaran recolonizar América. Sin embargo, a lo largo de los siglos XIX y XX, ese principio fue mutando hasta transformarse en una herramienta de intervención sistemática sobre América Latina. Golpes de Estado, bloqueos económicos, invasiones y tutelajes políticos encontraron en la doctrina un marco justificatorio recurrente. El giro decisivo hacia una doctrina abiertamente expansionista se produjo a mediados del siglo XIX, durante la presidencia de James K. Polk, cuando la Doctrina Monroe dejó de funcionar como una advertencia defensiva frente a Europa y comenzó a operar como justificación del avance territorial estadounidense. Bajo ese marco, Washington ejecutó la invasión de México que culminó en 1848 con la cesión forzada de más del 55% de su territorio, uno de los episodios más graves de despojo territorial en la historia del continente. En esos mismos años, Estados Unidos ocupó en distintos momentos República Dominicana y Panamá, consolidando su presencia militar y política en el Caribe y Centroamérica. Al mismo tiempo, la doctrina mostró su aplicación selectiva: durante la intervención francesa en México (1862–1867), cuando Napoleón III impulsó un imperio efímero con apoyo de sectores conservadores locales, Washington no ofreció una resistencia significativa. La coincidencia con la Guerra Civil estadounidense limitó el respaldo al gobierno liberal de Benito Juárez, dejando en evidencia que la Doctrina Monroe no respondía a principios universales, sino a la conveniencia estratégica del poder estadounidense en cada etapa histórica. Lo que distingue a la etapa actual es la franqueza del discurso. De acuerdo con el análisis del Wall Street Journal, Trump no se limita a invocar la seguridad regional o la defensa de la democracia, sino que vincula de manera directa la política exterior estadounidense con el acceso a energía, minerales y activos estratégicos del continente. La idea de que esos recursos “no pueden quedar en manos equivocadas” funciona como argumento para reactivar una doctrina que muchos creían superada.

Venezuela como mensaje al resto de la región

En este esquema, Venezuela no es solo un objetivo puntual, sino un mensaje político al conjunto de América Latina. La señal es clara: Estados Unidos no está dispuesto a tolerar gobiernos, alianzas o modelos de desarrollo que obstaculicen su control sobre los recursos clave del hemisferio. El artículo advierte que esta visión desplaza cualquier pretensión de multilateralismo y devuelve a la región a una lógica de subordinación clásica. Analistas citados por el medio estadounidense señalan que esta “Doctrina Donroe” no busca construir consensos ni instituciones regionales fuertes, sino imponer reglas de poder, en una estrategia fuertemente personalista, asociada a la figura de Trump y a su concepción transaccional de la política internacional.

Una doctrina que merece una condena clara

La reactivación de la Doctrina Monroe en el siglo XXI debe ser condenada con firmeza desde América Latina. No se trata de una política de cooperación ni de defensa de valores universales, sino de una forma de neocolonialismo que reduce a los países de la región a simples proveedores de materias primas. Bajo este enfoque, la soberanía nacional se vuelve relativa y el desarrollo autónomo queda subordinado a intereses externos. La historia latinoamericana demuestra que cada vez que esta doctrina fue aplicada, el resultado fue más dependencia, más desigualdad y mayor conflictividad interna. Volver a ese esquema, ahora con el argumento de la “seguridad energética” o la “estabilidad regional”, implica repetir errores conocidos y profundizar una relación estructuralmente injusta. América Latina no es un patio trasero ni un reservorio a disposición de potencias extranjeras. La reaparición explícita de la Doctrina Monroe bajo el sello de Trump confirma que el debate sobre soberanía, recursos naturales y autodeterminación sigue tan vigente como hace doscientos años.

A.G.

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