Estados Unidos, México y Canadá comparten la organización de la Copa del Mundo 2026, un torneo récord que reunirá a 48 selecciones y millones de espectadores. Entre la pasión que despierta el fútbol y las críticas por su creciente mercantilización, el campeonato vuelve a reflejar las contradicciones de un mundo cada vez más conectado, pero también más desigual.
Cada cuatro años el fútbol promete lo mismo: detener el tiempo. Durante un mes, millones de personas dejan en suspenso sus preocupaciones cotidianas para compartir una emoción común. Las fronteras parecen desdibujarse, los idiomas se mezclan en las tribunas y una pelota logra algo que pocas cosas consiguen en el siglo XXI: generar una conversación global. Sin embargo, detrás de esa postal romántica que acompaña a cada Copa del Mundo aparece otra realidad menos visible. El Mundial 2026, organizado por Estados Unidos, México y Canadá, vuelve a poner en evidencia una pregunta incómoda: ¿el campeonato más importante del planeta sigue perteneciendo a los pueblos o se ha transformado definitivamente en un producto destinado a quienes pueden pagarlo? Las cifras de esta edición ayudan a comprender la magnitud del fenómeno. La FIFA proyecta ingresos por 8.911 millones de dólares durante 2026, una cifra sin precedentes impulsada por la expansión del torneo a 48 selecciones y 104 partidos. Los derechos de televisión seguirán siendo la principal fuente de ingresos para la FIFA. El organismo calcula que recaudarán 3.925 millones de dólares por este concepto, equivalente al 44% del total previsto para 2026. A esa partida se suma la venta de entradas y los servicios preferentes u hospitalidad, con ingresos estimados en 3.017 millones de dólares. Las imágenes de estadios repletos y ciudades inundadas de camisetas nacionales conviven con una realidad económica cada vez más excluyente. Para miles de aficionados de África, Asia y América Latina, acompañar a sus selecciones se ha convertido en un lujo prácticamente imposible. Pasajes aéreos, alojamientos, traslados internos y entradas representan gastos que, en muchos casos, equivalen a varios meses de salario.
El precio de la pasión
La estructura tarifaria del torneo cristaliza esta tensión. La entrada más barata en el Estadio MetLife para la final del Mundial de 2026 cuesta más de 4.000 dólares, mientras que los precios más bajos para algunos partidos de la fase de grupos oscilan entre 120 y 265 dólares. Para comparar: la última vez que Estados Unidos organizó la Copa del Mundo, en 1994, los precios oscilaron entre 25 y 475 dólares. En Qatar 2022, los precios oscilaron entre aproximadamente 70 y 1.600 dólares. Por primera vez en un Mundial, la FIFA implementó el sistema de “precios dinámicos” —el mismo modelo que usan las aerolíneas o las plataformas de reventa estadounidenses—. A diferencia de las ediciones anteriores —donde los precios eran fijos desde el inicio—, ahora las tarifas fluctúan según la demanda y la disponibilidad de cada partido. El resultado fue inmediato: los aficionados reportaron que algunos boletos subieron un 25% entre fases de venta sin ningún aviso claro. En la plataforma oficial de reventa de la FIFA, los precios llegaron a quintuplicarse respecto al valor original. La semana pasada, en la web de reventa oficial, FIFA Marketplace, se llegaron a ofrecer cuatro entradas para la final a un asombroso precio de más de dos millones de dólares cada una. La respuesta de los aficionados organizados no se hizo esperar. Football Supporters Europe (FSE), la voz democrática de los aficionados del futbol europeo, calificó la estructura de precios del Mundial 2026 como “extorsiva” y de “traición monumental” a los aficionados. FSE, junto con la plataforma de defensa del consumidor Euroconsumers, presentó una denuncia oficial ante la Comisión Europea. La demanda acusa a la FIFA de abusar de su posición monopólica para imponer “precios excesivos” y reglas “opacas y desleales”. El propio Gianni Infantino, presidente de la FIFA, intentó defender el modelo. Infantino dijo que este tipo de demandas astronómicas reflejan la expectación que genera el Mundial y recordó que la FIFA recibió más de 500 millones de solicitudes de entradas para 2026, en comparación con menos de 50 millones en total para los Mundiales de 2018 y 2022. Tras la presión global, el ente rector ofreció una concesión limitada: un nuevo Nivel de Entrada para Aficionados incluye alrededor de 1.000 entradas para los 104 partidos, incluida la final, con un precio fijo de 60 dólares. Es decir, cerca de diez asientos por partido en estadios que albergan entre 40.000 y 80.000 espectadores. El propio FSE calificó la medida como “una táctica de apaciguamiento debido a la reacción negativa global”. La paradoja se hizo visible en los primeros partidos. Durante el cruce entre Corea del Sur y República Checa disputado en Guadalajara, la FIFA informó que el número de espectadores llegó a 44.985 personas para el partido que se desarrolló en un estadio con capacidad para alrededor de 46 mil asientos. Sin embargo, la vista desde el interior del estadio plantea dudas. Se veían claramente varias filas de asientos vacíos.
Visas, vetos y la nueva frontera de la exclusión
Si el dinero opera como un filtro económico, en esta edición apareció otro filtro aún más restrictivo: la política migratoria del gobierno estadounidense. A diferencia de la promesa firmada por el propio Donald Trump en mayo de 2018 durante el proceso de la candidatura conjunta, donde aseguró a la FIFA que todos los profesionales y aficionados elegibles ingresarían a Estados Unidos sin discriminación, la realidad ha sido marcadamente distinta. En 19 países, el Departamento de Estado ha suspendido por completo la emisión de visas. Entre las naciones afectadas figuran al menos cuatro selecciones clasificadas al Mundial: Irán, Haití, Senegal y Costa de Marfil, cuyos aficionados, o la mayoría de ellos, no podrán viajar para acompañar a sus selecciones. A finales de marzo, la administración estadounidense fue más lejos y exigió una fianza de entre 5.000 y 15.000 dólares para los ciudadanos de varios países que quisieran entrar a Estados Unidos, entre ellos Argelia, Cabo Verde, Costa de Marfil, Senegal y Túnez, lo cual tuvo un efecto disuasorio sobre las aficiones de dichas selecciones. (El dato adquiere especial relevancia para los lectores argentinos: Argelia es el primer rival de la Albiceleste en este Mundial). Los testimonios oficiales no dejan margen de interpretación. “Los aficionados han renunciado a viajar porque Estados Unidos no quiere ver a aficionados de ciertos países como Costa de Marfil en su territorio”, dijo Julien Kouadio Adonis, presidente del Comité Nacional de Aficionados de los Elefantes (CNSE), que suele organizar los desplazamientos de los aficionados de Costa de Marfil. “Estados Unidos fue claro con nosotros diciéndonos que no quería ver a nuestros aficionados”. El impacto alcanzó incluso al personal del torneo. La deportación de un árbitro oficial de FIFA con visa válida —el somalí Omar Abdulkadir Artan, considerado uno de los mejores jueces africanos de la actualidad— se sumó a casos como el de 42 aficionados marroquíes [que] vieron denegadas sus solicitudes de visado a pesar de tener compradas ya entradas y reservados hoteles; tampoco logró visado un jugador del equipo marroquí. A las restricciones se agregó otro elemento polémico. El Departamento de Seguridad Interior (DHS) en el gobierno de Donald Trump, confirmó que durante los 38 días que durará el Mundial y en las 11 ciudades de su país donde habrá partidos, habrá agentes de Inmigración y Aduanas (ICE) y Patrulla Fronteriza (CBP). La medida desencadenó la campaña ciudadana “No Ice In The Cup”, una campaña en contra de la presencia de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, impulsada por artistas e ilustradores de diez de las once ciudades anfitrionas. Hasta Amnistía Internacional intervino con un diagnóstico contundente. El Gobierno estadounidense ha deportado a más de 500.000 personas desde Estados Unidos en 2025: casi ocho veces el número de personas que asistirán a la final de la Copa Mundial en el Estadio MetLife, declaró Steve Cockburn, representante del organismo, al describir el contexto como una “emergencia de derechos humanos”.
Una fiesta desigual
La ampliación del torneo a 48 selecciones fue presentada como un paso hacia una mayor inclusión. Más países tienen ahora la posibilidad de participar y de representar a sus pueblos en la máxima competencia internacional. La bolsa de premios también creció: el fondo total de premios este año es de 655 millones de dólares —225 millones más que en Catar 2022. Sin embargo, algunos analistas señalan una contradicción evidente: mientras el acceso deportivo se amplía, el acceso físico a la experiencia mundialista se restringe por razones económicas y políticas. “Veo el Mundial de 2026 como una enorme paradoja. Por un lado, tiene más selecciones participantes que nunca. Por otro, debido a las políticas de la administración Trump, parece más un Mundial de exclusión que de inclusión”, sostuvo Jules Boykoff, profesor universitario y autor del libro Tarjeta Roja. La pregunta resulta inevitable. ¿Qué sentido tiene un Mundial más abierto si una parte importante de los aficionados de esos nuevos países clasificados no puede estar presente para acompañar a sus equipos? La esencia del fútbol nunca estuvo únicamente dentro del campo de juego. También habita en las caravanas improvisadas, en los viajes interminables, en los cánticos compartidos entre desconocidos y en las historias de quienes cruzan océanos para ver noventa minutos de un partido. Cuando esa posibilidad queda reservada a una minoría que cuenta con el pasaporte adecuado y con varios miles de dólares disponibles, algo de la identidad histórica del torneo parece perderse.
El espejo del mundo
Los mundiales suelen funcionar como un espejo de la sociedad global. En ellos aparecen las mismas desigualdades económicas, las mismas tensiones culturales y las mismas disputas políticas que atraviesan al planeta. El fútbol no está aislado de esas dinámicas; las reproduce y, a veces, las amplifica. Por eso las críticas al Mundial exceden el ámbito deportivo. Hablan de un mundo donde la movilidad internacional depende cada vez más de los recursos disponibles y del color del pasaporte, donde la experiencia de los grandes eventos se vuelve progresivamente exclusiva y donde la lógica comercial avanza sobre espacios que históricamente pertenecieron a la cultura popular. Nada de esto elimina la magia del torneo. Los goles seguirán emocionando, las tribunas seguirán cantando y millones de personas seguirán reuniéndose frente a una pantalla para compartir una misma ilusión. El partido inaugural en el Estadio Azteca, con el triunfo 2-0 de México sobre Sudáfrica y el show de Shakira, recordó que ese poder de convocatoria todavía existe. Pero quizás la verdadera discusión no sea si el Mundial continúa siendo una fiesta. Lo sigue siendo. La cuestión es preguntarse para quiénes está pensada esa fiesta y cuántos quedan afuera de ella. Porque si el fútbol pretende seguir siendo el deporte más universal del planeta, deberá encontrar la forma de que la pasión vuelva a tener más peso que la billetera —y que el sello de un consulado—. Y esa es una tarea que ningún campeón podrá resolver dentro de la cancha.
A.G.
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