La política exterior convertida en show discursivo no es una novedad en la carrera de Donald Trump, pero en los últimos días volvió a escalar un peldaño más: el de naturalizar públicamente la posibilidad de una intervención armada en Colombia como si se tratara de una ocurrencia más dentro de su repertorio retórico. No hubo pruebas, no hubo informes, no hubo marcos jurídicos. Hubo, sí, una frase lanzada al pasar —”suena bien”— que, viniendo del principal poder militar del planeta, no es inocente ni retórica menor.
Trump acusó sin aportar pruebas al presidente Gustavo Petro de tener “laboratorios de cocaína” y, consultado por una eventual acción militar contra Colombia, respondió con una liviandad que heló cancillerías: “suena bien”. El comentario se inscribe, además, en un contexto marcado por el reciente operativo de EE.UU. en Venezuela, que el propio Trump exhibió como demostración de fuerza y eficacia.
El mensaje que subyace al gesto
Más allá de la literalidad, el mensaje político es claro: Estados Unidos se reserva el derecho de actuar unilateralmente en América Latina, incluso contra gobiernos formalmente aliados, si así lo decide su liderazgo político. Colombia —históricamente el socio más cercano de Washington en la región— aparece así redefinida discursivamente como problema de seguridad, no como aliado estratégico. Ese desplazamiento no es menor. Supone volver a instalar la lógica de la “guerra preventiva”, una doctrina que América Latina conoce bien y que dejó un largo historial de intervenciones, desestabilizaciones y violaciones a la soberanía. La novedad es el tono: ya no se envuelve en eufemismos diplomáticos, sino que se lanza como consigna de campaña, pensada más para el aplauso interno que para la estabilidad regional.
Colombia en el centro del tablero
Colombia no es un Estado fallido ni una dictadura. Es un país con instituciones, Fuerzas Armadas propias y un gobierno elegido democráticamente. La acusación lanzada por Trump no distingue entre narcotráfico, Estado y gobierno, una confusión deliberada que simplifica la complejidad del problema de las drogas para justificar respuestas extremas. Un dato curioso es que Colombia incautó alrededor de 24 veces más cocaína que lo decomisado por Aduanas de EE.UU. durante todo el mandato de Trump. El riesgo es evidente: convertir un problema transnacional en excusa para una acción militar externa, sin aval multilateral ni pruebas públicas, implica retroceder décadas en términos de derecho internacional. Además, instala una presión política directa sobre Petro, a quien Trump expone como blanco personal, trasladando el conflicto del plano diplomático al escenario del señalamiento público.
El antecedente venezolano como advertencia
El reciente operativo estadounidense en Venezuela, presentado por Trump como éxito de su estrategia, opera como mensaje disciplinador hacia el resto de la región. No se trata solo de lo que ocurrió, sino de cómo se lo comunica: como una acción replicable, exportable, disponible. La lógica es clara: si se pudo en Venezuela, se podría en Colombia. Ese razonamiento —peligrosamente simplista— desconoce realidades políticas, sociales y militares completamente distintas, pero funciona bien en el plano simbólico, donde Trump se mueve con comodidad.
Entre la amenaza y el aplauso
El problema de este tipo de declaraciones no es solo su contenido, sino su banalización. Cuando la posibilidad de una guerra se reduce a una frase de impacto, cuando la intervención armada se convierte en punchline de campaña, la política exterior deja de ser política y pasa a ser espectáculo. Para América Latina, el mensaje es inquietante: la estabilidad regional queda supeditada al humor discursivo del poder, no a reglas, tratados o consensos. Y para Colombia, implica volver a ocupar un lugar incómodo: el de territorio observado, evaluado y eventualmente intervenido desde afuera.
Una advertencia que no debería pasar desapercibida
No es necesario que exista una orden concreta para que el daño esté hecho. Alcanza con instalar la idea, con legitimar la posibilidad, con decirla en voz alta. Trump lo sabe. Por eso lo dice. Porque en su lógica, amenazar también es gobernar. En una región con memoria histórica, estas señales no son ruido: son advertencias. Y conviene leerlas como tales antes de que el espectáculo vuelva a transformarse —otra vez— en tragedia.
La construcción del enemigo
En ese marco, no puede soslayarse la necesidad política de Trump de correr el foco de atención interna. El resurgimiento del caso Jeffrey Epstein, con nuevas revelaciones, presiones judiciales y cuestionamientos sobre vínculos del poder económico y político estadounidense, vuelve a incomodar al expresidente en un terreno sensible para su electorado. Frente a ese escenario, la sobreactuación en política exterior funciona como cortina de humo: desplazar el debate hacia amenazas externas, narcotráfico o intervenciones militares permite reordenar la agenda mediática y reconstruir la figura del “líder fuerte” ante su base. No es una estrategia nueva, pero sí una conocida: cuando la crisis aprieta en casa, se agita el fantasma del enemigo externo.
A.G.






