A 108 años de su nacimiento, la figura del escritor salteño conserva una vigencia profunda. Periodista, poeta y letrista, hizo del paisaje, los trabajadores y las voces populares del norte argentino una obra universal. Junto a Gustavo “Cuchi” Leguizamón dejó algunas de las canciones más hondas del folklore nacional. Fue el 14 de agosto de 1918, en la vivienda ferroviaria de la estación de Cerrillos, en Salta, donde su padre, Ricardo Anselmo Castilla, era jefe de estación. Su primera geografía estuvo hecha de andenes, silbatos, partidas y regresos; de trenes que cruzaban el valle llevando personas, noticias, mercaderías y despedidas. Tal vez por eso, muchos años después, su poesía conservaría algo de aquel paisaje inaugural: la mirada atenta de quien ve pasar el mundo y comprende que cada viajero carga una historia. Castilla aprendió temprano que la tierra no es un decorado. La tierra trabaja, recuerda, alimenta, duele. Tiene nombres propios. Tiene manos agrietadas, rostros castigados por el sol, fiestas, silencios, ausencias y una música antigua que no siempre llega a los grandes centros donde se decide qué merece ser llamado cultura. Él hizo de esas vidas una patria escrita.

El periodismo como otra forma de mirar

A los 18 años comenzó a trabajar en El Intransigente, el histórico diario salteño fundado por David Michel Torino. Empezó con tareas menores y llegó a convertirse en uno de sus columnistas más reconocidos. La redacción fue durante décadas su lugar de trabajo, pero también una escuela de observación y de lenguaje: allí compartió oficio con escritores como Raúl Aráoz Anzoátegui, Walter Adet y Jacobo Regen.  En Castilla, el periodista y el poeta no fueron dos hombres separados. El periodista le enseñó al poeta a mirar de cerca; el poeta le impidió al periodista acostumbrarse al dolor ajeno. De esa convivencia nació una escritura capaz de encontrar belleza sin ocultar la injusticia y de reconocer la dureza de una vida sin quitarle dignidad a quien la padecía. Su obra se acercó a mineros, hacheros, arrieros, lavanderas, panaderos, copleras y trabajadores anónimos. Pero no los convirtió en figuras pintorescas ni en adornos de una postal regional. Los miró como personas completas: con cansancio, deseo, humor, memoria y misterio. En sus textos, el paisaje tampoco aparece vacío. Los cerros, los ríos, la puna, los cardones y los valles existen unidos a quienes los habitan.

Una voz del norte, no una voz encerrada en el norte

En la década de 1940, Castilla integró La Carpa, el movimiento literario nacido en Tucumán que reunió a escritores y artistas de distintas provincias del Noroeste. Su aparición significó una afirmación cultural decisiva: se podía escribir desde el norte sin pedir permiso, sin imitar a Buenos Aires y sin quedar encerrado en un regionalismo superficial. La Carpa defendió una poesía vinculada con la tierra y con los seres humanos que la habitan, pero con aspiración universal. Su programa se apartaba de un “nativismo” meramente ornamental y proponía una literatura atravesada por la belleza, la libertad, la justicia y la paz. La investigación académica sobre el grupo sitúa en la Muestra colectiva de poemas de 1944 su principal manifestación pública y destaca la conciencia regional y renovadora de aquel proyecto. Así lo documenta un estudio publicado en la revista académica Anclajes. Castilla fue una de las voces mayores de esa aventura. Comprendió que escribir desde una provincia no significaba escribir desde la periferia de la experiencia humana. El amor, la explotación, la soledad, la fiesta, la muerte y la esperanza podían ser narrados desde un socavón, una estación, una quebrada o una carpa de carnaval. Lo universal no estaba lejos: respiraba allí mismo, en la vida aparentemente pequeña de hombres y mujeres a quienes la literatura central muchas veces no veía.

La palabra que se vuelve paisaje

Su producción literaria fue extensa. Libros como Agua de lluvia, Luna muerta, Copajira, La tierra de uno, Norte adentro, El cielo lejos, Bajo las lentas nubes, Posesión entre pájaros y Cantos del gozante construyeron una de las obras poéticas fundamentales de la Argentina del siglo XX. En 2015, el Fondo Editorial de Salta y Eudeba reunieron sus poemas y prosas en una edición de sus Obras completas, reconocimiento a una escritura considerada esencial dentro de la poesía argentina y de habla castellana. La edición puede consultarse en Eudeba. Hay en esa poesía una mirada que no se coloca por encima de las cosas. Castilla no describe el mundo desde afuera: parece entrar en él, mezclarse con el polvo, el viento, la lluvia y los cuerpos. En sus páginas, lo real nunca está completamente separado del mito. Una montaña puede guardar una memoria; la noche puede caminar; un árbol puede tener oficio; el tiempo puede dejar de ser una medida y convertirse en una presencia. Esa manera de mirar explica la profundidad de su obra. Castilla no escribía “sobre” el norte como quien informa acerca de una región distante. Escribía desde adentro de una experiencia cultural, histórica y humana. Su norte no es una escenografía de colores intensos destinada al consumo turístico. Es un territorio vivo y contradictorio: hermoso y herido, festivo y desigual, antiguo y presente.

Castilla y el Cuchi: cuando la poesía encontró su música

El encuentro con Gustavo “Cuchi” Leguizamón dio origen a una de las sociedades creativas más fecundas de la música popular argentina. Castilla llevaba la palabra; el Cuchi encontraba en ella una música que parecía haber estado escondida desde siempre. No se limitaban a colocar melodía sobre versos: construían juntos una nueva forma de canción folklórica, arraigada en la tradición pero libre, audaz y contemporánea. La relación nació también de una amistad profunda, de caminatas, conversaciones, noches salteñas y una misma irreverencia ante lo solemne. Juntos demostraron que el folklore podía respetar sus raíces sin convertirse en museo. Sus canciones conservaron la baguala, la zamba, la cueca y el carnaval, pero ampliaron sus armonías, su lenguaje y su capacidad para contar el mundo. El Estado nacional reconoce a Castilla y Leguizamón como una de las duplas más importantes de nuestro folklore. En ese cancionero no aparecen héroes de bronce. Aparecen personas: Eulogia Tapia, coplera de La Poma; Leoncia Santos Farfán, cantora de la Quebrada de Reyes; la Niña Yolanda de Lozano; los parroquianos de una peña; el trabajador que deja su cuerpo en el monte. Castilla tuvo el don de nombrar sin apropiarse, de elevar sin deshumanizar. Miró a quienes parecían destinados al anonimato y les devolvió centralidad.

Seis canciones donde su palabra sigue viva

Balderrama. Con música del Cuchi Leguizamón, la zamba convirtió una peña salteña en un territorio de la memoria colectiva. Castilla logró que una madrugada, un canal, un vino compartido y la música de los parroquianos expresaran algo mucho más grande: el temor a que se apague el lugar donde una comunidad se reconoce. Fue interpretada por Jorge Cafrune, Mercedes Sosa y muchas otras figuras, hasta volverse inseparable del imaginario de Salta. La peña y la canción terminaron fundidas en una misma historia cultural.

La Pomeña. Inspirada en Eulogia Tapia, coplera de La Poma, es una de las obras más delicadas de la dupla Castilla-Leguizamón. La mujer real no desaparece detrás del personaje poético: conserva su nombre, su caja, su fuerza y su pertenencia. La canción fue registrada el 16 de abril de 1969 y relata a una coplera en tiempo de carnaval, según la reseña oficial del Gobierno de Salta.

Zamba de Lozano. Dedicada a Yolanda Pérez de Carenzo, la “Niña Yolanda”, une el paisaje jujeño con la nostalgia y la celebración. Castilla y Leguizamón se la regalaron con motivo de su cumpleaños número 50. No se limita a describir un camino hacia la Puna: lo vuelve viaje interior, recuerdo y pertenencia. El paisaje se mueve, baila y guarda la claridad de quienes alguna vez lo habitaron. La historia de Yolanda y el origen de la zamba están documentados en esta reseña biográfica.

La Arenosa. Aunque suele ser mencionada erróneamente como zamba, es una cueca con música de Leguizamón. En ella, Cafayate, la arena, el río Calchaquí y el vino componen una geografía afectiva. La tierra no es solamente el sitio del que se parte: es aquello que guarda la huella para que el regreso todavía sea posible. El género de la obra consta como cueca en la programación oficial de la Orquesta Nacional de Música Argentina.

La Atardecida. Aquí la música pertenece a Eduardo Falú. La obra fue registrada en SADAIC en 1962. Es una zamba atravesada por la distancia, la espera y esa hora incierta en que el día empieza a retirarse. Castilla hace del atardecer algo más que un momento del paisaje: lo convierte en estado del alma, en el instante en que la ausencia adquiere contorno. La autoría y la fecha de registro constan en esta reseña histórica.

Cantora de Yala. Musicalizada por el Cuchi, nació alrededor de Leoncia Santos Farfán, trabajadora rural y coplera de la Quebrada de Reyes. Castilla la nombra con una dignidad casi ceremonial. En ella celebró no a una artista consagrada por escenarios y academias, sino a una mujer cuya voz provenía del trabajo, la tierra y el carnaval. La historia de Leoncia y de otras figuras reales del cancionero fue reconstruida por La Nación.

La Argentina que también habla desde sus orillas

Manuel J. Castilla murió en Salta el 19 de julio de 1980. Pero hay muertes que no consiguen clausurar una voz. La suya sigue regresando cada vez que una cantora alza su caja, una guitarra demora el final de una zamba o alguien abre uno de sus libros y descubre que el paisaje puede pensar, sufrir y recordar. Recordarlo no es solamente rendir homenaje a un poeta. Es discutir la idea de una Argentina contada siempre desde un único centro. Castilla nos recuerda que el país también fue escrito desde sus estaciones pequeñas, sus socavones, sus montañas, sus peñas, sus mercados y sus caminos de tierra. La cultura nacional no desciende desde una capital hacia las provincias: se construye con las voces que nacen en cada territorio. Quizás allí resida el sentido más profundo de su legado. Manuel J. Castilla no habló en nombre del norte: escuchó al norte y dejó que hablara. Supo que en una coplera podía caber una historia colectiva; que un trabajador anónimo podía contener la dignidad del mundo; que una peña al amanecer podía ser tan universal como cualquier gran escenario. A 108 años de su nacimiento, sus palabras todavía caminan por los valles. No lo hacen como un eco del pasado, sino como una presencia. Porque Castilla escribió con una certeza que atraviesa toda su obra: mientras exista alguien capaz de nombrar la tierra con amor y de mirar a su pueblo sin desprecio, ninguna verdadera patria estará del todo perdida.

Manuel Casares